En Rosario hay para jugar una casita y un río

Texto y fotos: Dolores Bulit

Juguemos, y lo demás no importa nada. Parafraseando al General San Martín, jugar por jugar es muy pero muy importante. Por desgracia, es un hábito cultural en extinción. No es el único: también estamos dejando de cocinar casero y con productos naturales, de pasar tiempo al aire libre y movernos, de dormir sin ayudas farmacológicas. El peligro es que todos, incluido el juego espontáneo, son necesidades biológicas importantes. Por eso, su pérdida no se puede catalogar livianamente como un cambio cultural porque trae también consecuencias para nuestra salud.

Estuve en Rosario el mes pasado y mis anfitriones fueron dos proyectos que tienen como objetivo central propiciar y proteger el juego infantil: La Casita y Río libre. Pero no lo usan como método para otro fin, como suele hacerse hoy bajo el dictado de la moda de la gamification. En estos espacios infantiles los adultos se forman especialmente para dejarlo fluir sin los prejuicios de la escolarización mental que suelen traer los docentes formados en los profesorados tradicionales. Lo hacen con intenso trabajo personal y formaciones que ellos mismos diseñan. Ambos tienen sus formatos, reglas de convivencia, límites y marcos filosóficos bien claros.

María José Vaiana, Majo, nos visitó en Tierra Fértil durante nuestro primer año en 2013, mientras aprendíamos en el quincho de casa esto de acompañar el juego y el aprendizaje de nuestros hijos de forma no directiva. Yo tenía el entusiasmo y la seguridad suficiente como para no haber inscrito a mi hijo con sus 6 cumplidos en ninguna escuela. Aún así, su opinión acerca de lo que estábamos haciendo tuvo un efecto expansivo. Ella había trabajado en la XELL, la red catalana de educación libre, y conocía bien de cerca todos los proyectos españoles de los que yo tanto había escuchado hablar. Se sorprendió por lo lanzadas y nos dijo que íbamos muy bien. Su «bendición» fue como esas caricias del alma de las frases cliché que ese día me calzó perfecto.

Cuando decidió volver a la Argentina Majo fundó La Casita en su Rosario natal con el espíritu de La Caseta de Barcelona y La Casita Perú. Fue el primero en su tipo en la ciudad, para niños y niñas de entre 2 y 4 años, con una filosofía anclada en tres miradas complementarias: la psicomotricidad, la educación libre y el enfoque sistémico. Los pequeños eligen por cuáles de los espacios ofrecidos transitar sus mañanas, logrando sus propias conquistas. El apoyo de los adultos se ajusta a cada niño y su ritmo, con énfasis en el acompañamiento emocional, tanto de ellos como de las familias.

Mi otro anfitrión en Rosario fue Río Libre, un espacio que se denomina vivo, libre y autorreferente y recibe a niños desde los 2 hasta los 12 años junto con sus familias. Nació en la casa de Aine, Norberto y sus tres hijos. «Nos propusimos organizar nuestras actividades familiares de modo que pudiéramos dedicar la mañana exclusivamente a observar y acompañar a nuestros niños en sus aventuras. Esa experiencia en familia nos dio la posibilidad de aprender a ser más orgánicos en acompañar procesos naturales, a confiar en el programa interno de cada uno y a que nuestro lugar como adultos es estar disponibles para ellos», me cuentan.

Después de 4 meses decidieron ampliar la experiencia invitando a familias amigas primero y a toda la comunidad después. El espacio se fue transformando desde el deseo de sus protagonistas: ahora hay árboles frutales, huerta, hamacas, casitas en los árboles, arenero, ambientes de música, lectura, juego simbólico, taller de artes plásticas, taller de cocina y juegos que celebran el movimiento. Cada familia decide qué días participar, la hora de llegar y la de irse, por las mañanas y por las tardes.

En Río Libre, «desde que los niños llegan deciden qué hacer y los adultos los acompañamos. El juego se va entramando en el encuentro con otros, con el espacio, con los elementos dispuestos a transformarse. Los mayores de 7 años que quieran participan de asambleas en las que se construyen acuerdos que cuidan los vínculos, el bienestar personal y el espacio de todos. Además planifican qué materiales y actividades desearían tener. Los padres y madres nos reunimos periódicamente para compartir y  organizarnos para dar respuesta a los deseos de aprender y experimentar de los chicos».

No sé si es casual que estos dos proyectos hayan nacido en una ciudad argentina que en los últimos años se convirtió en un emblema de la infancia y sus derechos. Hace 22 años el gobierno se lo propuso como política de Estado con «La Chiqui» González a la cabeza, y con el padrinazgo del niñólogo italiano Francesco Tonucci implementaron los Consejos de Niños y crearon la Ciudad de los Niños. Les siguió el Tríptico de la infancia, un conjunto de tres espacios distintos en la ciudad pensados para que los chicos se adueñen.

Ya había estado en el Tríptico con Vito, pero ahora fui por primera vez a la Ciudad: una vieja estación de ferrocarril de cargas del antiguo barrio Refinería que hoy quedó como un oasis de otros tiempos en medio de un desarrollo inmobiliario futurista e inmenso. Abre los domingos por la mañana (solamente) para recibirte con reposeras, el diario del día, y convidarte con materas y tés. Ofrecen talleres, rincones de lectura y dos salas de psicomotricidad y juego para niños pequeños. Del horno de barro nuevo salen panes caseros calentitos que alguien va convidando mientras cada uno anda en lo suyo. Es un paraíso para los chicos pero también para las parejas que necesitan recuperar el diálogo entre adultos, aunque sea por un rato, mientras ellos juegan. Creo que el parecido con la Casa Verde de Francoise Dolto no es pura coincidencia…


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