¡Legalícenla! (a la libertad educativa)

Texto: Dolores Bulit

Las leyes argentinas le conceden a las madres y los padres (biológicos, adoptivos o tutores) la prioridad para elegir cómo educar a sus hijos. Sin embargo, los que elegimos educar sin escuela la tenemos más difícil para que, entre otras cosas, nuestros hijos e hijas tengan un título oficial. Yo eduqué a Vito durante seis años en casa y en un proyecto autogestivo no directivo, sin ningún reconocimiento oficial. A sus 12 años lo hice rendir sexto grado libre en la Ciudad de Buenos Aires y esta semana fui a buscar y legalizar su título. Oficialmente, es un egresado de la primaria aunque jamás haya pisado un aula. ¡Qué guiño del lenguaje! Vito, que fue a una escuela libre, tiene un título oficial de alumno libre.

Los títulos se vuelven necesarios si querés entrar o avanzar dentro del sistema oficial o acceder a un trabajo donde te lo piden. Y eso, hoy en día, aún es bastante frecuente. Sin embargo, a la inversa, nada está garantizado: tener título no es sinónimo de estar empleado, hacer carrera, ser bueno para lo que hacés o, incluso, hacer lo que te gusta. El mercado de títulos varía mucho además según el rubro, la clase social, el país, la cultura y tantas otras cosas. Hay profesiones colegiadas y actividades que los exigen más que otras, pueden abrir puertas o no servir para nada. Las personas con menos recursos sociales, culturales y económicos suelen necesitar más de las certificaciones escolares porque la sociedad les pide más que a nadie que demuestren su capacidad.

Yo hice rendir sexto grado a mi hijo para que pueda probar la escuela, y como vivimos en provincia, ese grado aprobado es suficiente para entrar al secundario. Desde ahora, tener un título secundario o terciario será decisión suya. Yo elegí algo que suele llamarse unschooling, combinado con la participación en un proyecto autogestivo para asegurarle a nuestro hijo un entorno fijo de contacto con pares. La certificación de lo que aprende, para mí, es la última preocupación.

Pero por lo que he visto en estos años en el pequeñísimo mundo de la educación sin escuela en Argentina la certificación oficial de los estudios sigue siendo la principal preocupación de madres y padres. Tanto que a veces los chicos y chicas rinden examen todos los años, igual que si estuvieran escolarizados. Para mí es un sinsentido, y aunque la educación en casa pueda tener una escala más humana y una dimensión más integral o amorosa, seguimos encuadrándolos en el concepto de que el aprendizaje sólo puede ser medido por escalas numéricas y curriculums estandarizados. Y que existen edades fijas, para todos igual, en las cuales hay que alcanzar cierto tipo de conocimientos.

Para tener el título primario en Argentina se puede rendir libre el último año en un examen con las cuatro materias clásicas: Lengua, Matemáticas, Ciencias Naturales y Sociales, que se toma a los 12 años, o a los 13 el séptimo. Sólo la ciudad de Buenos Aires tiene el mecanismo aceitado y no te hace demasiadas preguntas. Si vivís en cualquier otro lado, tenés que averiguar primero si en la ley de educación y el reglamento escolar de esa provincia existe la figura de alumno libre. En el sitio del Observatorio Latinoamericano de Aprendizajes sin Escuelas, OLASE, podés consultar tu situación. Después, toca pelearla en cada distrito o escuela para que te aseguren mesas de examen.

Hemos charlado con otras familias de esto, y creo que la única desventaja de los desescolarizados a la hora de rendir es que nunca han pasado por la experiencia, y en muchos casos eso les juega en contra. A veces son los nervios y otras veces la inocencia de no saber qué se espera exactamente de ellos. Ayudaría que el sistema oficial, además de la lista de contenidos, facilitara los modelos de examen para cada edad. Ahora, circulan de boca en boca, de grupo en grupo, como infraganti. Si el sistema está basado en la evaluación de resultados y las certificaciones, ¿por qué debería preocuparle cómo cada chico o chica aprende lo que aprende? ¿No debería facilitar la certificación a como diera lugar?

A la hora de ponerlo en la balanza, sigo eligiendo sin dudas que aprendan de la experiencia de desaprobar a que la vivan como parte normal de su aprendizaje, sobre todo en la primera infancia. El mensaje de la evaluación externa y adulta continua los aleja de la autoevaluación y de la regulación de sus propias motivaciones y metas, que son o deberían ser el verdadero motor de la vida adulta. Después de estar sujetos durante años a las evaluaciones externas las naturalizamos, y lo cierto es que la vida no funciona así.

Rendir libre cada año de la secundaria me parece incluso más tortuoso que la primaria. Puedo entender que para chicos o chicas que han salido de la escuela porque sufren, por distintos motivos, esa opción es un verdadero alivio. En CABA se puede, aunque es un poco más complicado porque se rinden 11 materias que no entran en un año calendario y son todas correlativas. Mi hijo ya sabe que, si decide salir de la escuela, tiene la opción de hacer el bachillerato para adultos a distancia, público o privado, a través de varios institutos que ofrecen certificación oficial en 22 meses o menos, según el nivel previo alcanzado. También mediante los programas provinciales o municipales virtuales o las clásicas escuelas nocturnas de las escuelas secundarias.

¿Cuál podría ser la desventaja? Que obtienen su título secundario a los 20 en vez de los 18. Si contás el año del CBC, el sabático que se toman algunos o las crisis vocacionales, no me parece nada grave. Estudiar en la nocturna o ser repitente es un prejuicio prehistórico y racista que, calculo, iremos desterrando a medida que entendamos que el aprendizaje humano no es sinónimo exclusivo de escuelas, notas y títulos.

Para certificar un secundario antes de los 18 existen las llamadas «escuelas sombrilla», un paraguas que algunos padres y madres prefieren abrir para sentir un amparo legal. Son institutos extranjeros que otorgan títulos a distancia, desde jardín hasta secundaria, siguiendo sus programas o incluso certificando los que las familias diseñan a su medida. La validez de estos títulos depende de la oficina correspondiente del Ministerio que se ocupa de las equivalencias entre países.

Todos estos datos empiezan a circular a cuentagotas porque la educación no escolarizada, esa que los seres humanos practicábamos hasta hace unos 300 años, sigue siendo un tabú contemporáneo, por increíble que parezca. La acreditación debería ser fácil para todos y todas, sin diferenciar por zona geográfica o condición económica. Al sistema educativo oficial no debería importarle cómo ni dónde aprendiste si es verdad que realmente quiere llenar de sentido la frase muchas veces ahuecada del «derecho a la educación».

La falta de legalidad de las experiencias alternativas a la escuela tradicional también actúa como un freno para que estos espacios se expandan o, directamente, que sobrevivan. Muchos no logran un número mínimo de familias para sustentarse porque los títulos siguen siendo el gran cuco para las madres y los padres con la excusa de que no queremos «negarles oportunidades y herramientas». Algunos proyectos educativos y familias siguen peleando y apostando por el reconocimiento y otros, cansados o sin necesidad de certificar los aprendizajes, se mantienen fuera de la línea de fuego, en la trastienda. La dificultad para certificar las distintas formas de aprender también desacelera la innovación pedagógica y la autonomía de cada cultura para educar. Seguimos viviendo bajo la tiranía del título como caballo desbocado que nos lleva incómodos, a los saltos, en el carro del curriculum.

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